La teoría del porno | Musicas a lo lejos

labiosVivimos en la era de la globalización. Todo usuario conectado a internet puede consultar y comprar en cualquier parte alrededor del mundo sin importar la localización real del producto. Esto es bueno. O debería serlo. El cliente tiene más opciones para elegir y los proveedores mayor número de ventas potenciales. Todos contentos.

La realidad no es tan idílica. La dificultad para controlar el mercado a través de internet amplifica los problemas locales como los límites en los márgenes de beneficios o los plazos de entrega. Si un Estado grava con impuestos más que otro ciertos productos, reduce la competencia con el extranjero porque no pueden alcanzarse las mismas ofertas. Y este problema aumenta a medida que los pequeños comercios desaparecen dejando paso libre a empresas más grandes y poderosas que condicionan el mercado y aceleran ese proceso de extinción.

El asunto se complica porque esos pequeños comercios solían ejercer prácticas abusivas en su entorno local y el cliente debía someterse a sus caprichos generando resentimiento. Se sentían seguros y no previeron los posibles cambios en el futuro a medio plazo. En ese futuro, que ya es presente, los clientes, por despecho han huido a ofertas externas sin apenas comparar precios. Y en la mayoría de los casos han acertado en el ahorro. Ni los gastos de envío ni el infundado miedo a problemas por averías y devoluciones han disuadido las motivaciones del comprador.

En el universo del arte la cosa es igual de complicada, con la diferencia que antes ya lo era igualmente. En época de la industria tradicional era muy difícil acceder a formar parte de ella. Los instrumentos eran caros y de difícil acceso, la formación musical no era prioritaria en favor de otras más seguras, los estudios de grabación tenían minutas excesivas y los que empezaron a ofrecer precios populares llegaron tarde, cuando la democratización de la tecnología ya había encerrado a los músicos en sus locales de ensayo y estudios domésticos.

espaldaA partir de ese momento, cuando todos pensábamos que por fin iba a ser posible llegar al público sin una inversión económica desmesurada, sucedió el apocalipsis de la globalización artística: la oferta comenzó a superar a la demanda en cifras astronómicas y las descargas a través de vías alternativas de material protegido hundieron de nuevo el negocio para los aspirantes más humildes. Las grandes distribuidoras aguantaron la crisis apuntalando su modelo de negocio y limitando todavía más el acceso a nuevos autores. Ahora todos tenemos la oportunidad de posicionarnos en el mercado pero las operaciones de divulgación y distribución física siguen siendo caras y algo exclusivas para conseguir los lugares privilegiados.

De manera que nos encontramos con un mercado saturado, donde es difícil separar el grano de la paja, donde todos los autores luchan en solitario o se rinden a las grandes distribuidoras a cambio de porcentajes ridículos. Está demostrado que las ventas en esas plataformas siguen centrándose en quienes invierten más dinero en todos los procesos de la cadena de producción, mientras que el resto de usuarios se conforma con ver su nombre en la misma plataforma que los superventas.

Por otro lado, el músico aficionado renuncia a una buena formación y una buena producción de su obra. Teniendo el equipo tecnológico básico para crear sonido no se preocupan por el resto de detalles ni temen exigir su parcela en el escaparate global. Así que no queda otra más que adaptarse o morir. Y ahí es donde nace la teoría del porno: el autor profesional produce un número suficiente de obras al año como para mantener activo el interés del cliente sin comprometer una calidad mínima aceptable del producto. Es poco probable que aparezcan grandes obras y discos capaces de convertirse en leyendas y fuentes de inspiración para propios y extraños. Llevamos más de una década así y parece que la tendencia es constante. No es tiempo de asumir riesgos.

Esta teoría está inspirada en las producciones de la industria de la pornografía, donde se ha encontrado un producto de extensión reducida aproximadamente a una escena y con una presentación más cuidada que en el porno tradicional. Con esto se consigue atraer al público porque no se ofrece un producto que pueda saturar sino más bien dejarlo un poco insatisfecho y con ganas de recibir más material en las mismas condiciones.

Los músicos están haciendo lo mismo, cerrando varios discos al año, ampliando su estilo para abarcar un mayor segmento del mercado, con una inversión personal y económica mínimas aceptables, y tratando de aparecer reseñados en el mayor número de lugares posibles sin atender a preferencias o repercusiones; cada punto de divulgación alcanza a un ámbito específico y lejos de afectar al conjunto, lo suma en definitiva.

La teoría del porno, a falta de un modelo más justo para autores y audiencia, será durante décadas el modelo a seguir mientras existan los grandes lobbys mediáticos y esa enorme masa de intermediarios que se resiste a abandonar la gratificante dedicación de aprovecharse del trabajo ajeno. Sin embargo, quiero pensar que el acceso masivo de aficionados a la producción musical tiene la ventaja de un aumento de información y seguramente de empatía. Cuando las aguas se calmen es posible que nos encontremos con un consumidor de arte más respetuoso y comprometido con el autor.

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